Francisco J. Oller Montesinos


No me considero un fotógrafo de naturaleza profesional. Antes que eso, soy naturalista aficionado. Mi afición por conocer el medio que me rodea viene de la infancia. Recuerdo cuando de niño veía en un viejo televisor blanco y negro los programas de Félix Rodríguez de la Fuente. Era tanto mi interés, que tomaba apuntes en un cuaderno sobre estos documentales (a fecha de hoy todavía los conservo). Soñaba con ser como él. A base de suplicas y llantos a mis padres conseguí que me compraran como regalo de primera comunión unos prismáticos. Aún recuerdo la marca, eran unos Zenit 12x50, fabricados en la antigua URSS. Ellos me acompañaron en multitud de jornadas de campo, observando la vida animal que me rodeaba en mis primeras salidas. Recuerdo entre otras cosas como con ese maravilloso invento y escondido entre matorrales desde lo alto de una peña podía observar la ceba de unos pollos de cernícalo común por sus padres, los cuales tenían el nido en un cantil rocoso situado frente donde yo me escondía. Al atardecer unos cachorros de zorro salían de su madriguera y entre juegos, mordiscos de hermano y piruetas, esperaban la llegada de la madre con la cena. También pude apreciar la belleza de las aves de mi comarca natal, alcaravanes, grajillas, carracas, críalos que usurpaban los huevos de los nidos de urraca y ponían los suyos en el, criando las pobres picarazas a ese intruso como si fueran hijos suyos, etc. Y es que mi infancia y adolescencia las pasé correteando por parameras y ramblas de una tierra semiárida como es Almería. De adolescente vi una serie en televisión sobre el naturalista Gerral Durrel, y tras leer algunos libros suyos se forjó definitivamente en mí el naturalista que llevo dentro. Tanto es así que a los trece años volví a llorar y suplicar a mis padres para que me compraran un viejo y tosco microscopio. Este artilugio me ayudó a profundizar en un mundo desconocido para mí. Me pasaba las tardes después del colegio recolectando muestras y las noches en vela observando seres tan fascinantes como las algas microscópicas, pequeños crustáceos como copépodos y pulgas de agua, así como las partes articuladas de un sinfín de insectos y arácnidos. En mis observaciones con los dos aparatos citados me rompía la cabeza pensando en cómo plasmar lo observado sobre papel. Hacía bocetos a lápiz, pero lo cierto es que el dibujo se me daba regular tirando a mal. Decidí que debía de agenciarme de otro artilugio: una cámara de fotos. Esta vino ya de adulto, cuando me afinqué en la serranía de Cuenca y cobré mis primeros salarios, después vinieron las lentes de aumento, los tubos de extensión, flash, trípode, células fotoeléctricas y una grandísima paciencia por parte de mi esposa que veía como me gastaba el dinero en carretes de película en los que no aparecía ni una sola foto familiar, solo bichos, setas, flores, etc… y eso cuando aparecían, porque a veces no sacaba ni una foto buena de todo un carrete. Mas tarde llegó la cámara digital. No me considero un artista en fotografía. A veces hago fotos “testigo” simplemente, para intentar reconocer la especie en un guía. Aunque tengo que reconocer que con el tiempo uno se vuelve más exigente, de forma tal que he ido buscando una estética o belleza en las tomas, pero siempre sin dejar de lado la parte que me importa, la cual no es ni más ni menos que la foto aporte una información, ya sea científica o didáctica. Quiero agradecer la paciencia que han tenido con migo, mi madre que ya no está, mi padre y mi esposa, los cuales han tenido que aguantar un tipo raro que llega a casa con botes con “bichos” y que se ha gastado una pasta gansa en el equipo fotográfico. Y total, como me decían ellos: ¿Para qué? ¡Para fotografiar una lagartija!

 

 

Galería del fotógrafo